Aunque la ciudad está abarrotada, me gusta también buscar sitios donde, durante unos segundos, el espacio urbano se des-humaniza. Sobreviven algunas escasas arquitecturas del pasado o algún rincón marino y eterno. Pero por sus vías circulan a veces fantasmas solitarios sin destino aparente, con la sola intención, al parecer, de ser colonizados por la sinfonía inacabada del océano o regados por el hálito invisible de los vientos. Espero un poco, me preparo y al final, casi de forma inexorable, puedo dar algo así como fe notarial de cómo, como si fuera una sardina o una sanguijuela, huyen sin demasiado estrépito las escamas del tiempo.

